Una vida que atravesó el siglo XX sin rendirse
Nació en Aguanes (Pola de Allande, Asturias) el 26 de marzo de 1940, en plena posguerra española. Era la pequeña de cuatro hermanos —Gloria, Ceferino y Emilio, que murió siendo niño— en una familia campesina sin luz eléctrica ni agua corriente. Su padre, Manulo, era cestero; su madre, Justa, tejedora y el eje silencioso de todo. Desde niña aprendió que la vida se borda a mano y que la supervivencia no admite quejas.
A los dieciocho años la casaron con un desconocido. Cuatro meses después, sin avisar a nadie, huyó de noche cruzando la sierra descalza, sola, en la oscuridad. Ese acto de rebeldía silenciosa definió quién era: una mujer que no negocia su dignidad, por mucho que cueste.
Trabajó cuidando a los hijos de un médico en Cangas del Narcea. Fue allí donde volvió a sentirse persona, donde encontró respeto y cierta paz. Y fue en Nubledo, Avilés, donde conoció a Eduardo: moreno, pelo ondulado, bigote bien recortado, y una mirada que no juzgaba.
Juntos tomaron la decisión más difícil: emigrar a Suiza. En Therwil trabajaron tres años de sol a sol en el sector hostelero, ahorrando cada franco para comprar un piso en Gijón. Volvieron con el piso pagado, la maleta llena de experiencia, y la certeza de que su trabajo valía.
De vuelta en Asturias, construyeron su hogar en El Llano —el barrio obrero de Gijón—. En 1972 nació Samuel, su único hijo. Eduardo murió en 2014 tras una larga enfermedad. Olguita siguió adelante.
Hoy tiene 85 años, vive en Gijón, cocina fabada mejor que nadie, sigue cocinando con Samira, y es el centro de una familia que ya tiene cuatro generaciones.
Olguita adolescente, años 50. Antes de que todo cambiara.