Portada del libro Olguita
OLGUITA: No fue fácil. Pero fue vida.

Una vida que merece ser contada

Olguita nació en 1940 en Aguanes, una aldea asturiana donde la vida se medía en cosechas y en inviernos. Creció en la posguerra española, en un tiempo de escasez y de silencios, en el que las mujeres aprendían a sobrevivir antes de aprender a vivir.

A los dieciocho años la casaron con un desconocido. Cuatro meses después huyó de noche, cruzando la sierra descalza. Lo que vino después fue emigración a Suiza, trabajo extenuante, pérdidas, cuidados. Pero también amor encontrado en el lugar más inesperado, familia, mesa compartida.

"No fue una vida fácil. Pero fue una vida vivida de verdad, con todo lo que eso significa."

Escrito por su hijo Samuel Linares, este libro nació de horas de grabaciones, de conversaciones junto al fuego, de recuerdos que ella había guardado durante décadas sin saber que alguien los querría escuchar algún día.

Una biografía que es también un retrato de la España del siglo XX, de las mujeres que lo sostuvieron desde la sombra, y del amor que no necesita palabras para transmitirse de generación en generación.

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Capítulo I — La voz baja de las cosas verdaderas

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En una ladera áspera de Pola de Allande, donde el verde no se agotaba y dos riachuelos se repartían el rumor del agua, nació Olguita en 1940. Un caserío prendido a la montaña, tejados de pizarra aferrados a la pendiente como manos a una cuerda. Días duros de posguerra. Sendas de pie, burro o caballo que bajaban y subían como un hilo tenso entre los brezos. Casas levantadas a pulso. Noches alumbradas por candiles. Allí, en Aguanes, un pueblo tan pequeño que cinco familias bastaban para hacer vecindad, empezó una infancia pobre en cosas y rica en afectos, donde Olguita creció con la respiración del monte en los oídos y el habla constante de los regatos que cortan la ladera. La pobreza no se vivía como vergüenza sino como paisaje: una condición natural del mundo, como las pendientes de los prados o la nieve que llegaba sin pedir permiso. «Fui muy feliz», dirá ella más tarde, «muy feliz con mis padres y mis hermanos, aunque no tuviéramos casi de nada».

El pueblo, con sus cinco casas, se parecía a una gran familia. Los apellidos de casa —Campa, Villar, Segunde— eran también nombres propios del paisaje. «Éramos una gente muy unida, como si fuéramos familia», recuerda Olguita, y la frase no es retórica: cuando a una de las cinco vacas del pueblo se le secaba la leche porque estaba a punto de parir, los de Campa o los padrinos de Segunde traían leche mazada sin que nadie tuviera que pedirla. En aquel mundo, la palabra vecino quería decir familia. La medida del progreso era sutil: una segunda vaca, una pollina, unos zapatos nuevos por el Carmen, el carburo que disolvía sombras. La escasez no anulaba la estética: había una elegancia campesina en saber limpiar, coser, remendar; en la lumbre bien cuidada; en el pan justo. Y había, sobre todo, un sentido de pertenencia: el valle no era sólo un lugar, era un modo de estar en el mundo.

La casa en la que creció era, en palabras de Olguita, «una casina, no era de mucha importancia, era una ruina». Pero por sus habitaciones corría un calor que no venía del dinero, sino del fuego y del cariño. En la cocina ardía la llar, la llariega asturiana: el círculo negro del hogar en el suelo donde la pota se colgaba de la armalleira —una cadena que bajaba del techo— y el humo iba buscando su salida como un animal manso. Alrededor de ese fuego giraba el día. Allí se cocía el pote de berzas, se hablaba, se cantaba, se contaban historias que cerraban la jornada como se cierra un libro.

En uno de los cuartos tenían dos camas, una para cada lado, que alojaban a casi todos; el calor humano era también una manta. En otro, un arca enorme —la ucha— donde el centeno descansaba como un tesoro rubio. Cuando se terminaba el que cosechaban, el padre iba a comprar una fanega a Morentón, a una casa que llamaban la Casa de Rico.

El pan casi siempre era de centeno; el trigo, cuando aparecía, era fiesta. A veces el maíz traía su propia música en forma de papas: una masa sencilla que se doraba al calor de la llariega, mientras el pote humeaba con patatas y berzas. Los huevos se contaban como se cuentan las monedas: algunos se vendían para comprar azúcar y «cosas de tienda», y cada cucharada se guardaba como si pudiera escucharse caer en el azucarero.

En Aguanes no había luz eléctrica, agua corriente ni alcantarillado; se bajaba a la fuente con el cántaro, y se aprendía a gastar el agua como se gasta un secreto, gota a gota. El agua para beber venía de la sierra, fría y limpia, y Olguita recuerda su sabor como algo que no se parecía a nada de lo que vino después. La claridad se compraba por litros: primero el aceite para el candil, más tarde el carburo, que llegó como un lujo luminoso. «Con eso ya se veía muy bien», dice, y la frase mide la distancia entre dos mundos. La radio no alcanzaba aquellas paredes y el reloj era el sol. «Mirábamos una peña que hacía un piquito», recuerda Olguita. «Cuando la sombra iba llegando cerca del piquito aquel, sabíamos que eran las doce, la hora de comer.» En los días nublados, el tiempo parecía desaparecer. La niña que cuidaba las ovejas en el monte lloraba entonces no de hambre, sino de incertidumbre: no sabía si era hora de merendar o no, porque sin sol no había reloj, y ella, organizada ya desde pequeña, no se permitía comer fuera de hora. Un día lloró tanto que alguien subió la ladera a buscarla. «¿Qué te pasa, nena? ¿Qué tienes?» «¡Que no sé si es la hora de merendar o no!» Cuando nevaba, nevaba de verdad: quince días de blanco, un senderín abierto a pala por el padre para llegar al río, y ese silencio que sólo conocen los lugares donde la nieve dicta la agenda.

Olguita aprendió pronto que la supervivencia se borda a mano. El padre, Manuel —aunque todo el mundo le llamaba Manulo— era cestero: trenzaba con paciencia mimbres y varas hasta convertirlos en cestas que en la feria de Berducedo eran las primeras en venderse. «Hacíalas muy bien, muy bien», dice Olguita con un orgullo que no ha perdido fuerza en seis décadas. «Cuando llegaba al mercado, las primeras cestas que se vendían eran las de mi padre.» Manulo era laborioso y se levantaba de noche porque el camino a la feria pedía madrugar; a veces salía a las dos de la mañana con su hermano Ceferino cargando una pileira al hombro que Olguita todavía no comprende cómo podían sostener. La madre, Justa, era tejedora: hacía cobertores y mantas en el telar —casi todos hechos de trapos viejos, ropa vieja y lana— con un ritmo que parecía respirar. «Mi madre siempre fue muy limpia, muy limpia», repite Olguita con énfasis, como si limpieza y dignidad fueran la misma palabra. «Lavaba muchísimo, siempre muy limpia.» Justa, pese a su aislamiento, hoy sería considerada moderna e ilustre: leía cualquier papel que pasase por sus manos, aunque fuese un folletín con coplas que luego cantaban, el libro de la misa, el catecismo, lo que fuese.

Había también una vaca —asturiana, que Olguita recuerda como «muy guapa»—. Luego dos cuando la casa prosperó un poco con el jornal del hermano mayor. Gallinas y ovejas, primero a medias con otro vecino, después propias. El cerdo, criado en casa, era una hucha viva: chorizos, morcillas, tocino; los jamones, casi siempre, se vendían para comprar lo que no se podía cultivar. «Hambre, hambre de verdad, no pasamos; sí ganas de lo que no había», recuerda Olguita, y aún así una alegría de fondo, persistente, convertía cada plato caliente en celebración.

La escuela llegaba en invierno, tres meses y gracias. Un maestro itinerante, sostenido entre todos, enseñaba a los mayores por la noche; a los pequeños, como Olguita, les tocaba escuchar desde un rincón. Ni siquiera pagaban la cuota completa: la familia era pobre y el maestro iba rotando por las casas, más días en las que podían contribuir más. Pero Olguita, sentada en aquel rincón, aprendió las provincias antes que los que estaban pagando. «Las cuatro reglas las aprendí bien», dice. «Fuimos listos igual que los demás», dice, con una media sonrisa que suena a orgullo.

La infancia sin juguetes oficiales se inventa los suyos. Con la vecina Luisa —«éramos como hermanas, aún más»—, mientras los mayores dormían la siesta, bajaban al riachuelo a jugar, y el agua les hacía de espejo y de escenario. Cuando tocaba llevar las ovejas al monte y el prado quedaba lejos, se convertía en salón de baile. «No necesitábamos música», dice Olguita. «Luisa y yo bailábamos. Decíamos que teníamos que ensayar para el día que hubiera fiesta.» Y bailaban sin más orquesta que el viento y los cencerros.

Hubo pérdidas. Un hermano, Emilio, murió con seis años cuando Olguita tenía cuatro. Probablemente una neumonía, o esa mala suerte que entonces no perdonaba a los que vivían lejos de los médicos. La imagen que Olguita rescata de aquel día es mínima y precisa: «Nada más me acuerdo de ver una cajina blanca, a lo lejos.» Una caja pequeña, blanca, vista desde la distancia. No recuerda el llanto ni el entierro; solo esa caja. Ese ataúd. «Porque era muy listo, muy listo», añade, como si la inteligencia del niño hiciera la pérdida más injusta.

Olguita aprendió a coser a los catorce, en Robledo. Se iba el lunes con una cestina en la cabeza —patatas, algo de comida— y se quedaba hasta el sábado, durmiendo en casa de amigos de su madre. Era una práctica común en aquella Asturias rural: enviar a los hijos a formarse en un oficio con otras familias. Con el hilo y la aguja, el mundo dejó de ser sólo prado, río y montaña y comenzó a ser también costura: dobladillos, hilvanes, patrones modestos. «Yo quería ser modista», dice, y la frase tiene el brillo de las decisiones que parecen pequeñas y te cambian la vida.

Hacia los quince o dieciséis años, el horizonte empezó a cambiar de textura. Las fiestas seguían siendo el brillo en mayo, y el río la escuela de los veranos; pero la niña que bailaba sin música iba dejando paso a la joven que hilvanaba con precisión, que tomaba medidas, que imaginaba vestidos. Si la infancia había sido aprender a mirar, la adolescencia fue aprender a hacer.

«Nunca pasamos hambre, no de la que duele», insiste Olguita. «Nos faltaban cosas, pero sobró cariño.» Tal vez por eso la memoria vuelve una y otra vez al mismo lugar: la llar encendida, la pota que cuelga, el pan de centeno, el olor a berzas, la nieve alta, las manos de la madre lavando hasta que la ropa canta, el padre regresando de la feria con las cestas vendidas, el acordeón que llega como un barco de música al puerto de Santa Olaya.

La alegría, en Aguanes, tenía la voz baja de las cosas verdaderas.

El libro continúa con diez capítulos más, las recetas de Olguita y el álbum familiar.

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