La España que vivió Olguita
La vida de Olguita no puede entenderse sin el contexto histórico que la rodea. Estas tres épocas definen no solo su historia personal, sino la de una generación entera de españoles que vivieron el siglo XX desde abajo, desde el trabajo y el silencio.
Cuando Olguita nació en 1940, España era un país devastado por tres años de guerra civil y sumido en una de las dictaduras más largas de Europa. La victoria franquista no trajo paz, sino represión, hambre y aislamiento internacional. Para la España rural, especialmente en zonas montañosas como el occidente asturiano, esto significó un retroceso casi medieval en las condiciones de vida.
El régimen franquista impuso una política de autarquía económica que aisló a España del resto de Europa. Las sanciones internacionales tras la Segunda Guerra Mundial agravaron la situación. No había importaciones, no había inversión extranjera, no había desarrollo. El país tenía que sobrevivir con lo que producía, y producía poco.
Las cartillas de racionamiento controlaban el acceso a alimentos básicos: pan, aceite, azúcar, legumbres. Las raciones oficiales eran insuficientes para sobrevivir, por lo que floreció el estraperlo —mercado negro— y las familias rurales volvieron a economías de subsistencia casi feudales.
Aguanes, con sus cinco casas en Pola de Allande, representaba la realidad de miles de aldeas en la España rural de posguerra. Sin electricidad, sin agua corriente, sin carreteras transitables, sin teléfono, sin médico cercano, sin escuela permanente. Las familias sobrevivían con economía mixta: pequeña ganadería, cultivos de subsistencia, oficios artesanales —la cestería de Manolo, el padre de Olguita— y jornal temporal cuando había.
El tiempo lo marcaba la naturaleza: el sol para saber la hora, la nieve para saber que no se podía bajar al pueblo, la lluvia para saber que no había trabajo en el campo. La radio no alcanzaba aquellas paredes. El mundo exterior existía en las cartas y en las ferias.
Las mujeres en la España de los años 40 y 50 vivían bajo un código civil que las consideraba menores de edad perpetuas. Necesitaban permiso del padre o del marido para trabajar, abrir cuentas bancarias, viajar o firmar contratos. El matrimonio era indisoluble. El divorcio, impensable. La separación, un estigma social brutal.
La Sección Femenina de la Falange dictaba el modelo de mujer ideal: madre, esposa, devota. La educación femenina se orientaba hacia las "labores del hogar". El trabajo fuera de casa se toleraba solo en la miseria extrema o en la soltería. Casarse era el horizonte obligatorio. Y el marido, elegido muchas veces por la familia, no por la mujer.
En este contexto, la boda forzada no era una excepción. Era una práctica habitual, especialmente en el mundo rural, donde la alianza matrimonial respondía a lógicas económicas y familiares antes que al deseo de la mujer. A Olguita la casaron con un desconocido a los dieciocho años. Cuatro meses después, huyó de noche cruzando la sierra descalza. Ese acto de rebeldía silenciosa —que nunca llamó así— fue la primera gran decisión libre de su vida.
El norte siempre fue tierra difícil para el régimen. La memoria de las huelgas mineras, de las organizaciones obreras, de los muertos del 34 y de la guerra, estaba demasiado presente. La represión fue feroz, pero también lo fue la resistencia silenciosa de quienes siguieron siendo quienes eran, aunque en voz baja. En muchas familias asturianas, hablar de la guerra era hablar de algo que había que olvidar para sobrevivir.
La historia de Olguita y Eduardo en Suiza es la historia de cientos de miles de españoles que emigraron en los años 60 y 70 buscando oportunidades que España no ofrecía. Entre 1960 y 1975, más de 100.000 españoles emigraron a Suiza. A toda Europa, la cifra superó el millón.
En 1961, España y Suiza firmaron un convenio de emigración. Suiza, en pleno boom económico de posguerra, necesitaba trabajadores para construcción, hostelería y servicios. España, con desempleo masivo y pobreza estructural, necesitaba exportar mano de obra y recibir divisas. Las remesas de los emigrantes financiaron en buena medida el desarrollismo franquista de los años 60.
El Instituto Español de Emigración gestionaba los contratos, pero los emigrantes eran tratados como recurso económico, no como ciudadanos. El estatuto de "trabajador temporal" les impedía traer a sus familias, adquirir propiedades e integrarse plenamente en la sociedad suiza.
Las condiciones eran duras. Jornadas de 10-14 horas, seis días a la semana. Trabajo en hostelería, construcción, fábricas, servicio doméstico. Salarios que, pese a todo, eran 3-5 veces superiores a lo que se ganaba en España. El aislamiento era real: la mayoría no hablaba alemán, francés ni italiano. La nostalgia, constante. Las cartas a casa, el único hilo.
Olguita y Eduardo trabajaron en el sector hostelero en Therwil. Días libres que no siempre coincidían. Ahorro como única meta. La vida social se reducía a los compatriotas del barrio, a los domingos en algún bar español, a las cartas que tardaban días en llegar.
La mayoría de los emigrantes tenían un objetivo claro: ahorrar para comprar un piso en España, montar un negocio, dar estudios a los hijos. Como Olguita y Eduardo: tres años de sacrificio para conseguir un piso en Gijón que en España habrían tardado veinte años en pagar. Volvieron en 1971 con la maleta, el piso pagado y la certeza de que su trabajo valía.
A diferencia del relato habitual que protagonizan los hombres, miles de mujeres emigraron solas o acompañando a sus parejas. Trabajaron como camareras, cocineras, empleadas de hotel, empleadas domésticas. Mantuvieron familias a ambos lados de la frontera con cartas y giros postales. Su trabajo fue igual de duro pero históricamente más invisible.
El 20 de noviembre de 1975, Francisco Franco murió después de 36 años de dictadura. Olguita estaba en casa cuando la radio dio la noticia. Comenzaba la Transición democrática, uno de los procesos políticos más importantes de la historia española reciente: una dictadura que se transformaba en democracia sin guerra civil, en un proceso negociado que aún hoy genera debate.
Los años siguientes fueron de vértigo. Legalización de partidos políticos (1976), primeras elecciones democráticas (1977), Constitución (1978), intento de golpe de estado (1981), alternancia de poder (1982). España pasó de dictadura a democracia en menos de una década. Para quienes habían vivido el franquismo desde dentro, fue a la vez un alivio y un mareo.
La Transición significó para las mujeres la recuperación legal de derechos fundamentales: la Ley del Divorcio (1981), el aborto en determinados supuestos (1985), la igualdad jurídica en el matrimonio. Cambios que sobre el papel eran enormes pero que en la práctica tardaron años en llegar a muchos hogares.
Para Olguita, la Ley del Divorcio de 1981 tuvo un significado especial: llevaba más de veinte años sin poder casarse legalmente con Eduardo, sin poder dar sus apellidos a su hijo, sin poder tener nada a su nombre. Cuando la ley se aprobó y descubrió que aquel primer marido había muerto años atrás, pudo por fin cerrar ese capítulo. Se casó con Eduardo en un trámite de minutos y obtuvo su identidad legal plena.
El barrio de El Llano era epicentro obrero. Trabajadores de Simago, del puerto, de los astilleros. Desde los balcones se veía pasar la historia: manifestaciones obreras, celebraciones políticas, la efervescencia de una ciudad que recuperaba la voz después de décadas de silencio. Samuel, niño entonces, miraba desde la ventana y su madre le explicaba lo que podía.
La industria asturiana —minería del carbón, siderurgia, astilleros— entró en crisis severa durante los años 80. Las reconversiones industriales destruyeron decenas de miles de empleos en una región que llevaba décadas definiéndose por su tejido industrial. Las huelgas mineras de 1984-1985, con las marchas a Madrid, fueron el símbolo de una Asturias que se resistía a desaparecer.
Para muchas familias de El Llano y otros barrios obreros de Gijón, fue otra prueba que superar. Olguita la superó como había superado todas las anteriores: trabajando, callando lo que había que callar, y manteniendo la mesa puesta para los que tuvieran hambre.